PACHAKUSI (¿Somos hijos del sol?)
Era hija del último inca, y su nombre, Pachakusi, significaba “la que alegra el mundo con su presencia”. Tras la llegada de los españoles, cuando apenas tenía cinco años, fue llevada de Cajamarca a un pequeño pueblo llamado Pomahuaca. Para protegerla, los lugareños la ocultaron entre ellos, criándola como hija de pastores. En aquel pueblo, la vida transcurriría tranquila, pero de vez en cuando llegaba un cura acompañado de sus seguidores, decidió a cristianizar a sus habitantes.
En cierta ocasión, cuando tenía quince años, tras escuchar al cura hablar sobre la creación de la vida en la Tierra, Pachakusi se volvió hacia su tío abuelo materno, descendiente de un cacique:
—El hombre de blanco dice que todos fuimos creados por Dios… pero algo no me convence. No reconoce el poder del sol en el origen de la vida. Tampoco saben con certeza de dónde provienen los espermatozoides. Estos surgen de lo que comemos, y los alimentos existen gracias a la luz del sol.
Su tío la escuchó en silencio, asintiendo para sí mismo. Los espermatozoides se forman con lo que ingerimos… Pensó con admiración: Mi sobrina tiene una gran claridad para razonar.
El comentario de Pachakusi llegó a oídos de un discípulo del cura, quien de inmediato corrió a informarle al sacerdote. Al domingo siguiente, la joven fue arrestada y encerrada en un calabozo. El aire era frío, las paredes de piedra parecían cerrarse sobre ella y el silencio solo era roto por el eco de sus propios pensamientos. Cada mañana, con manos temblorosas, recibía un jarro de agua y un plato de trigo, mientras su estómago vacío se retorcía en protesta.
Desde su celda, a través de una diminuta rendija, observaba los rayos del sol posarse sobre las plantas. Ese pequeño haz de luz era su única conexión con el mundo que le habían arrebatado. Con la piel helada y la voz quebrada, elevaba su ruego cada amanecer, con la esperanza de que alguien, o algo, la escuchara.
—Taita Sol, ven a mi piel, regálame tu energía para forjar mi vida.
Los días pasaban y su cuerpo se debilitaba, pero su espíritu seguía en pie, aferrado a la fe inquebrantable que ardía en su interior. Las sombras la envolvían, la soledad se hacía más densa, pero un rayo dorado se filtraba entre la piedra, acariciando su rostro como una promesa silenciosa. Durante quince días, su voz, aunque cada vez más débil, siguió resonando en la penumbra, convirtiéndose en un eco de resistencia que desafiaba a quienes querían apagar su luz.
El juicio no tardó en llegar. La llevaron a la plaza principal, donde el pueblo se congregaba. Algunos observaban con temor, otros con morbosa curiosidad. Sus pies descalzos rozaban el suelo polvoriento mientras las campanas anunciaban su destino. Frente a la corte eclesiástica, con las muñecas atadas y el rostro cubierto de polvo, la señalaron como hereje.
—¿Por qué cada mañana repites: “¿Taita Sol, ven a mi piel, regálame tu energía para forjar mi vida”? —preguntó el juez con voz severa.
Pachakusi alzó la mirada. Sus ojos reflejaban la fuerza de generaciones que aún susurraban en su sangre. No titubeó.
—Porque del sol nace la vida. Si el Taita escucha mi oración, algún día los hijos de la tierra comprenderán el poder de su luz, sabrán que alimentará a los árboles y da aliento a la Pachamama. Así, el conocimiento florecerá como las hojas que beben su energía, y ningún espíritu podrá condenarlas a las sombras.
Un silencio espeso se apoderó del lugar. Luego, un grito rompió la quietud.
—¡Bruja! ¡Bruja!
La multitud repitió el grito como un alarido de miedo e ignorancia. El fuego esperaba. La sentencia estaba escrita.
Pero Pachakusi no tembló. Alzó el rostro al cielo, buscando al Taita Sol una última vez
Muchos de los que habían llegado para presenciar dicho evento tenían un palo de leña y dejaron uno encima de otro para prender fuego.
En ese instante el sol alumbró elevando la temperatura y limitando la visión de todas las personas. En ese momento Pachakusi desapareció. Después de aquel calor, el cielo se cubrió de nubes negras y empezó a llover, mojando toda la madera seca. La sentencia a muerte no se realizó porque la hija del inca se había esfumado.
Luego, comenzaron a buscarla por los alrededores, pero no pudieron jamás hallarla. Algunas personas alcanzaron a verla fusionada con los rayos solares, ellos manifestaban que habían recibido un mensaje: que su luz pasaría las fronteras para que la maca, uña de gato, quinua, sangre de grado, entre otras plantas, puedan servir a la humanidad y dar testimonio de la grandiosidad del Tahuantinsuyo.
Siglos después, las palabras de Pachakusi resuenan más allá del tiempo. En las escuelas, muchos niños descubrieron el misterio de la fotosíntesis y comprendieron que el sol era la chispa que encendía la vida en la Tierra. Sin saberlo, sus labios repetían la verdad que ella proclamó en el pasado, aquella que quisieron apagar. Así, lo que un día fue herejía se convirtió en sabiduría, y el relato de Pachakusi dejó de ser un simple eco del pasado para transformarse en un legado vivo. Su espíritu resplandeció en la memoria de los niños, como en aquel tiempo en que la vieron fundirse, pura y luminosa, con los rayos dorados del amanecer. Simplemente, la ciencia lo nombra conocimiento, pero para los hijos de la tierra, siempre fue la verdad que el sol sopla a la vida.
Fin
Si te interesó este relato sobre la creación de la luz del sol, te invito a conocer cómo esa misma luz dio origen al Canteto: Sé un Prisma:
Reseñado en España por Faro de Letras
El cuento se encuentra en el libro: Reflejos de catorce mundos